Peregrinando hacia el olvido

Este relato forma parte de la antología Refugiados, publicada por Playa de Ákaba.

Querida humanidad, ¡basta ya! Deja de obligar a los demás a mentir. Porque mi padre mintió. Mi madre también. Me dijeron que no pasaba nada. No era cierto. Estábamos en guerra. Me dijeron que todo iba a salir bien. No fue así. Tuvimos que huir de casa con tan solo unas pocas pertenencias para salvar nuestras vidas. Me dijeron que el viaje no era peligroso. No hace falta que te diga que no era cierto. Montamos en una barcaza. Atravesamos el mar. En plena noche. Sin mantas. Solo arropados con la esperanza. Pero la esperanza no calienta. Mi madre no vio la orilla. La vida la abandonó a medio camino. No pude llorar por ella. Tampoco por mis tíos. Ellos viajaban en la barca de al lado. Se perdieron en algún punto del océano. Mi padre me dijo que el viaje a pie nos llevaría a un sitio donde podríamos empezar una nueva vida. No fue así. Caminamos. Día y noche. Apenas dormíamos. Apenas comíamos. Llegué a pensar que jamás podría dar un paso más. Pero lo hacía. Aunque mis piernas apenas me sujetaran, mi padre estaba allí para darme la mano. Y mis pies se encallecieron. Y yo perdí mi niñez.

¡Basta ya! Deja de hacer tanto daño para justificarte con excusas que no convencen a nadie. Deja de mirar a otro lado. Yo no pienso mentir. No voy a endulzar las cosas. ¿Por qué? Porque me arrebataste mi infancia. Porque he tenido que crecer de golpe. Porque he dejado atrás mi inocencia solo para darme cuenta del horror que me rodea. Solo para darme cuenta de la hipocresía que invade el mundo. Hipocresía que lo anestesia, que lo duerme. Hace tiempo que perdí a mi padre. Dejé su cuerpo sin vida en un campamento. Tampoco pude llorar. Supongo que también perdí mis lágrimas. Seguí mi camino, arrastrando mis cosas. Sola. Y solo para darme de bruces con una valla. Una maldita valla protegida por soldados. No podíamos pasar. Y volvieron las mentiras. Nos dijeron que no había sitio, que éramos muchos. Lo que querían decir era que no teníamos derecho. Que nuestro viaje había sido en balde. Que mis padres murieron por nada. Que yo también moriré al otro lado de la valla. Y me llevaré, conmigo, lo único que logré aferrar junto a mis pertenencias: mis sueños de un futuro mejor. Mi posibilidad de continuar creciendo. De seguir aprendiendo.

Querida humanidad, no busco tu compasión. No busco tu dinero. Solo pido una segunda oportunidad. Si la guerra hubiera llamado a tu puerta, ¿qué habrías hecho?, ¿huir?, ¿buscar refugio? Eso hice yo. Eso hemos hecho estado haciendo muchos de nosotros. Gastamos casi todo el dinero que teníamos para atravesar el mar. El resto lo reservamos para alimentarnos. Apenas me queda nada. Ya no tengo ninguna mano que me levante o me exija un paso más. Y luego otro. La diferencia entre tú y yo, es que a mí me ha ocurrido y a ti no. Ahora me agolpo todos los días frente a la valla. La Maldita valla. La agarro con los dedos y deseo que desaparezca. Que se vayan los soldados. Que dejen de mirarme con esos rostros duros. Y navego entre los cientos de cuerpos que vagan en el campamento. Estamos sucios, cansados. Y me siento en un trocito de barro. Mis manos agarran una pequeña mochila. No la abro. Ya sé lo que hay. Nada que llevarme a la boca. Una mujer se acerca y me da un pedazo de pan. Está duro, pero le doy las gracias. Hoy dormiré con algo en el estómago. Lo peor es cuando me quedo quieta, mirando la nada. Sola. Con mis pensamientos. Con el fantasma de las voces de todos los que se han quedado en el camino. Algunos días logro oír las tristes excusas de los soldados. No podemos hacer nada, dicen. Y lo cierto es que no hacen nada. Los políticos no hacen nada. Solo esperan. Esperan y esperan. Muchos de nosotros mueren con la esperanza aún aferrada. Y sigue la espera. Y, en el fondo, sé por qué lo hacen. Cada muerte es un problema menos. Un triste, sucio y desgraciado refugiado menos. Pero yo me aferro a la vida. O a algo parecido a la vida.

¡Basta ya! Deja de perder el tiempo con palabrería que no lleva a ningún lado. Tus discursos no nos ayudan. Las palabras desaparecen en el aire. La valla no. Los soldados tampoco. ¿Hemos hecho algo malo?, ¿nos merecemos lo que nos está pasando?, ¿mis padres alentaron la guerra?, ¿acaso no merezco vivir? Y un día, alguien pasa. Un afortunado. Luego otro. Los soldados hablan. Pero no los oigo. La gente se ha pegado a la valla. Intento hacerme un hueco. Pero la valla se cierra antes de que pueda llegar si quiera a ella. Los que han pasado no miran atrás. No quieren. No pueden. Porque nosotros seguiremos pudriéndonos allí. Ellos tienen vía libre para intentar llegar a algún sitio. Luego descubro que han pagado. Dinero que yo no tengo. Cantidades ingentes. Solo para atravesar la valla. Varios niños mueren. También algunos adultos. El frío nos amenaza por las noches. Los fantasmas nos acosan por el día. Y la vida pasa ante mis ojos. Y cada vez tengo los sentidos más adormilados.
Querida humanidad, estoy cansada de tu insensibilidad, de tu ceguera. De tus manos resguardadas en los bolsillos como si nada pasara. Varios días después, o puede que semanas, la puerta se vuelve a abrir. Mi madre me azuza. Mi padre me grita para que me espabile. Quizás los demás también los hayan oído. O quizás es que pensaron lo mismo. Nos levantamos y corremos hacia la valla. Hacia los soldados. Intentan cerrar el paso. Pero somos muchos. Me empujan. Me dan codazos. Pero me da igual. Logro atravesar la puerta. Y corro. Corro como nunca. La mochila me revota en la espalda. Mis destrozados zapatos se hunden en el suelo. Pero no me detengo. Intentan cogernos. Pero somos muchos. Soy pequeña. Soy más rápida. Saco fuerzas de donde no sabía que me quedaban. No miro atrás. Muchos no han podido cruzar. No quiero ver sus caras. Y sigo corriendo. No sé a dónde voy, pero no me importa.

¡Basta ya! Estoy cansada de tanta tontería. Cansada de tanta injusticia. De tanta mentira. De tantas promesas vacías. Porque sí, todo han sido promesas vacías de significado. Promesas que han ido acabando con nuestra paciencia y nuestra esperanza. Porque logré coger un tren que iba a llevarme lejos. Pero jugasteis con nosotros. Corrí, empujé y me peleé. No podía pagar el viaje, pero me colé en aquel maldito tren. Mi mochila cayó a las vías cuando intentaba subir. Adiós al escaso dinero. Adiós a los tristes recuerdos. Adiós a los envoltorios de comida vacíos. Adiós a todo. La megafonía dice algo. Pero el ruido acalla la voz metálica. En la puerta se suceden varias peleas de familias que quedan partidas. Unos dentro del tren, otros en el andén, incapaces subir. Algunos dicen que vamos a Alemania. Han visto una bandera. Pero nadie está seguro.  El tren no se mueve. Dentro, el calor es agobiante. Hago esfuerzos por respirar. Somos muchos y las ventanas son muy pequeñas. Los policías se encargan de despejar el andén. Pero ninguno intenta sacarnos. Simplemente nos miran. A lo lejos, algún niño llora. Alguien levanta la vista y se queda pasmado. La locomotora está decorada. Hay unas letras. Europa sin fronteras desde hace 25 años. Entonces nos damos cuenta. No han mandado ningún maldito tren para ayudarnos. Es una broma despiadada. Una imagen hiriente. El mural del andén clama por la libertad. Libertad que nosotros no tenemos. ¿Por qué nos hacen esto?, ¿por qué se burlan de nosotros? Entonces el tren arranca. Ya nadie sabe a dónde se dirige. Más adelante, la policía lo detiene. Nos sacan a la fuerza. Unas manos me arrastran. Intento resistirme, pero no tengo fuerza suficiente. Un refugiado intenta retenerme. A él se unen otros más. Y logran que el policía me suelte. La escena se repite varios metros más allá. Somos muchos. Y allí nos quedamos. En un tren parado que no va a ninguna parte. Puede que delante de nosotros ya no haya ninguna valla, pero el impedimento es real. Nos han cerrado las puertas.

No vamos a ningún sitio.  El tiempo pasa. Alguien se desvanece. Nosotros continuamos. Hasta que alguien dice de ir andando. Comienza así la marcha, un nuevo peregrinaje directo al olvido. Es entonces, y solo entonces, cuando lloro por primera vez desde hace meses. Querida humanidad, no tienes perdón.

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