
Atención, este relato contiene spoilers de la novelette ‘El último de los thaûrim’.
Esto es para los que necesitaban una mano y encontraron una; para los que tendieron la suya e hicieron todo lo posible para ayudar; para la familia que perdimos por el camino, de una forma u otra; para los que lo dieron todo, aunque no recordaran por qué lo hacían; para esos rostros cubiertos de lágrimas y esos corazones llenos de impotencia; para los que no perdieron la esperanza a pesar de la tormenta.
Iampoz apenas había cambiado en todo aquel tiempo. La sangre, que antaño impregnó el suelo de la ciudad, había desaparecido, así como los cadáveres. Pese a todo, las marcas de lo que allí ocurrió todavía decoraban los muros de unas edificaciones que empezaban a ser devoradas por la vegetación. Nada quedaba del esplendor de la urbe que se convirtió en mi hogar, solo recuerdos y muchos fantasmas.
No había regresado desde la caída de Vaalir una década atrás. Lo intenté durante un tiempo, pero siempre acababa poniendo una excusa para no volver. Hay ciertas heridas que necesitan más tiempo para sanar. Lo ocurrido con el que fue mi señor era una de ellas. Incluso en ese momento notaba que no estaba cicatrizada, no del todo. Torcí el gesto y le di la espalda a la ciudad, dispuesta a volver por donde había venido.
«No seas cobarde, Magog, se lo debes», me recriminé. ¿En qué ser miserable y desagradecido me convertía si no me acercaba al lugar en el que descansaba, aunque fuera una vez en la vida? «Si el regresó de entre los muertos para acabar con el brujo, tú puedes volver a pisar estas calles». Asentí. Ya lo había pospuesto demasiado.
Giré sobre mis talones y volví a enfrentarme a la Iampoz derruida y abandonada. Avancé despacio, como si temiera lo que la ciudadela pudiera mostrarme, y dejé atrás la puerta de acceso que ya nadie guardaba.
El viento me dio una silenciosa bienvenida y agitó mis ropajes. Toda la calidez que hubo una vez en las vías había desaparecido con su gente. Una esperaba que los años hubieran borrado parte del sufrimiento y, sin embargo, el dolor seguía allí, reverberaba en los huesos con cada zancada que daba. Notaba el aliento del pasado en mi nuca, escuchaba sus gritos en mis oídos con una fuerza atronadora. La garganta se me cerró. Tragué despacio, estiré la espalda y continúe la marcha con el eco de mis pisadas como única compañía.
«Si tienes que tirar de mí, hazlo», escuché la voz del alto lord en mis recuerdos.
Él me dio un hogar, una razón por la que vivir, me permitió acompañarlo en su último viaje y me enseñó a luchar para que lo hiciera a su lado.
—Solo te mostré las técnicas para hacerlo —dijo Winterlock a mi lado.
Giré la cabeza y allí estaba, junto a mí. Sabía que su presencia no era real, que formaba parte de mí imaginación, pero dejé que caminara a mi lado con la misma elegancia y seguridad con la que le recordaba. Dejé que volviéramos los dos juntos. A casa.
—Sobreviviste al ataque de los carroñeros sin ayuda —añadió al tiempo que señalaba mis brazos. Levanté la mano izquierda y extendí la palma delante de mí. Recorrí con los ojos las cicatrices que la atravesaban, sentí el dolor de los cristales en ellas, así como la ausencia del antebrazo derecho—. Acabaste con el brujo. —Había unas notas de orgullo en sus palabras.
—Lo hicimos juntos.
Ahora todas esas cicatrices narraban nuestra historia sobre mi piel. Sin embargo, había otra mucho más profunda e invisible a los ojos que no terminaba de cerrarse del todo. Siempre encontraba una forma de volver a sangrar.
Dejamos atrás hogares rotos y vacíos. En su interior yacían carcajadas y llantos que se había quedado atascados entre las cuatro paredes. Durante un instante pensé en acercarme a una de ellas, abrir la puerta y dejar que salieran. Pero si lo hacía se perderían para siempre. Sus dueños no estaban, pero ellas debían permanecer, al menos durante un tiempo, para recordar lo que la ambición y el poder podían hacer.
Quizá, con el paso de los años, alguien la habitaría y dejaría de ser una ciudad muerta. Quizá cubrirían sus heridas y limpiarían la maleza e Iampoz renacería de sus cenizas con todo su esplendor. Pero la ciudad no olvidaría, y yo tampoco.
Recorrí una parte de la vía principal con paso cansado. Sentí una punzada de dolor al recordar todas las tiendas de comida y talleres que una vez habían llenado la avenida. Me giré para mirar a mi señor, pero este había desaparecido. Volvía a estar sola. Apreté los labios. «Te equivocas», pensé. Noté el peso de la espada que llevaba al cinto. Su espada.
Llegué hasta el palacio señorial de Winterlock y me detuve ante él. El portón que daba acceso estaba entreabierto y empezaba a pudrirse. Necesité unos instantes para recuperarme de la avalancha de recuerdos que me sobrevino en cuanto me acerqué a la vivienda. Las lágrimas acudieron a mis ojos. Parpadeé para contenerlas. Quizá no hubiera sido buena idea volver.
«No podemos dejarla ahí. Es una niña», escuché la voz queda de Aura.
Respiré hondó un par de veces y crucé la entrada de mi antiguo hogar. Olía a humedad y a sueños perdidos. Las voces que hubiera en ella hacía tiempo que habían escapado. Ya sólo quedaba un silencio pesado y agrio que me empujó contra el suelo. Apreté los dientes.
«Bienvenida», dijo la prometida de Winterlock el día que me rescataron del mercado esclavista. «Esta será tu casa a partir de ahora». Querían dármelo todo a cambio de nada. Pero no podía soportarlo. No cuando había sirvientes que inclinaban la cabeza ante mí. No cuando yo no era nadie. Pero, incluso aunque aceptaron que trabajara para ellos, los lazos que se extendieron entre los tres nada tenían que ver con el resto del personal. Para ellos era parte de su familia. Y la ausencia de esta dolía demasiado. Cerré los ojos un instante e inspiré.
Levanté los párpados al tiempo que expulsaba el aire. Me di cuenta de que me había quedado parada en la entrada, por lo que obligué a mi cuerpo a moverse hasta la estancia principal de la vivienda. Paseé la mirada por ella, y a mi paso el polvo, la tierra y los años desaparecieron. En unos instantes la sala volvió a recuperar el esplendor de antaño, aunque había algo lúgubre que no sabía identificar. Di un par de pasos para intentar disipar esa sensación extraña que me aplastaba la lengua cuando descubrí a Vaalir sentado en uno de los sillones. Estaba inclinado hacia delante y tenía el rostro enterrado entre las manos. Levantó la cabeza al escucharme con los ojos anegados y el dolor pintando su semblante de una forma que jamás había visto. Tragué saliva y maldije a mi cabeza por llevarme directamente a ese momento.
—Solo quedamos tú y yo —dijo el thaûrim e hizo una mueca que no supe interpretar.
Una lágrima cayó por su mejilla derecha y aterrizó en sus calzas. Me quedé allí parada como si fuera una estatua. Era la primera vez que le veía llorar. La poca entereza que tenía se tambaleó y amenazó con caerse al suelo. Detrás de nosotros, en el resto de habitaciones, los demás sirvientes se movían de un lado a otro sin saber qué hacer. Podía oír sus pasos rápidos que no iban a ningún lado o el cuchicheo de unas voces que no alzaban por miedo a romper la calma tensa que envolvía la casa. No se habían atrevido a cruzar el umbral. Era más fácil sobrellevar la ausencia de la señora si no veían su sufrimiento. Eché un vistazo hacia atrás para ver sus caras y saber si había en ellas una parte del dolor que mantenía a Vaalir doblado. Un sirviente me hizo un gesto con las manos para que fuera yo la que me ocupará, y aquello me rompió por dentro. Volví la vista a Winterlock. No había nadie allí para ofrecerle ningún tipo de consuelo ante la gélida pérdida de su prometida que le envolvía con sus fríos brazos.
Ninguno de los dos lo sabía en ese momento, pero la muerte de Aura fue lo que terminó de unirnos, lo que me llevó a caminar a su lado hacia lo que sería una muerte segura. Di unos pasos hacia delante y extendí el brazo para apoyar la mano sobre su hombro, pero el recuerdo se desvaneció ante mí y lo único que hice fue dar un manotazo al aire. Solté una maldición. Las palabras rebotaron contra las paredes y me golpearon. Agité la cabeza. Era extraño como todavía tenía fresco algunos momentos de mi vida como si hubieran ocurrido ayer, pero al mismo tiempo me daba la impresión de que pertenecían a un pasado muy lejano.
Recorrí el resto de la casa despacio en busca de nuevos recuerdos que me acercaran a ellos un poco más. Dejé para lo último el comedor, donde me esperaban sus rostros sonrientes pintados en un lienzo. El cuadro estaba tan torcido que el alto lord se inclinaba peligrosamente hacia el suelo.
«Recuerda que no se sujeta igual una espada que un cuchillo». El susurro de Vaalir se posó sobre mis hombros con suavidad.
Me acerqué a ellos y estiré la mano. Empujé con cuidado el marco de madera hasta enderezarlo. Retrocedí un par de pasos y contemplé el retrato. Les devolví una sonrisa cargada de tristeza antes de darles la espalda a la estancia y echar a andar hacia la entrada. Era el momento de hacer lo que llevaba diez años posponiendo.
El cementerio siempre me había parecido un lugar con una energía diferente. Incluso con el aspecto descuidado y salvaje que le otorgaba la maleza fuera de control, el aire que se respiraba en él era distinto, como si la vida no se atreviera a cruzar sus límites. Me abrí paso por diferentes caminos borrados por la naturaleza en busca de la tumba más reciente. La que Baruj y yo cavamos, la que me había negado a visitar porque hacerlo significaba aceptar de una vez por todas lo que ocurrió en aquel viaje.
A cada paso que daba el estómago se me iba cerrando un poco más. Pese a ello no me detuve hasta que la vislumbré. En ese mar de lápidas destacaba por encima del resto. Era la única que se había hecho tras la caída de la ciudadela y, por tanto, su piedra era mucho más brillante. Los años apenas le habían pasado factura. A su lado se hallaba la de Aura. Desgastada. Rota. Vieja. Le dediqué una sonrisa cansada y tras un leve cabeceo a modo de saludo me senté delante de la de Vaalir con las piernas cruzadas. Dejé que la calma nos envolviera. Había visto decenas de personas hablar a los trozos de piedra que conformaban el camposanto, pero yo no podía. Sentía que el silencio decía mucho más que las palabras. Y yo gritaba sin separar los labios.
Las viejas heridas se volvían a abrir y aquello me aterró demasiado. Apreté los dientes para contener el llanto que me rasgaba las cuerdas vocales. Estaba a punto de levantarme para salir corriendo cuando un aleteo a mis espaldas me indicó que no me hallaba sola. Aquel sonido fue un bálsamo que apaciguó parte mi miedo y de mi dolor. Elevé la comisura derecha.
—No te quedes detrás —Mi voz se extendió a gran velocidad y cubrió la tierra que me rodeaba.
El rumor de las alas fue sustituido por el de unos pasos que sonaban cada vez más cercanos. Se movía ligero, sin hacer apenas ruido. Casi parecía que no deseaba perturbar la tranquilidad que había. No le culpaba por ello. El sosiego de los camposantos podía llegar a ser abrumador. Alguien se acomodó a mi lado sin mediar palabra al tiempo que parte del dolor se desvanecía gracias a su presencia. Me giré para observarle y terminé perdida en el mar en calma de sus iris azules enmarcados por unas profundas cejas oscuras.
—No quería molestar, pero necesitaba saber cómo estabas —comentó Baruj casi en un susurro. Había arrepentimiento en su voz.
Le había pedido un momento a solas y pese a que me había prometido permanecer a la espera, ahí estaba. No podía recriminárselo. En el fondo no quería pasar por todo aquello sola. No supe qué responder, así que en lugar de contestar, volví la vista a las letras alargadas que componían el nombre del alto lord de Iampoz. Fruncí el ceño. Estaba demasiado limpia para haber pasado diez años sin ningún mantenimiento. Me incliné hacia delante y pasé los dedos por la piedra. La marca que dejaron al pasar no era tan visible como esperaba. Desvié la vista al arquero, él respondió a mi muda pregunta al encogerse hombros.
—Puede que me haya escapado una vez al año —fue todo lo que dijo.
Me hubiera gustado decir algo al respecto, pero las palabras se agolparon en mi boca sin orden alguno. Me enjugué las lágrimas. En lugar de hablar, dejé caer ligeramente el cuerpo hacia la derecha y apoyé la cabeza en su hombro. Intenté ordenar mis sentimientos y mis pensamientos. Fue una tarea titánica apartar el llanto mientras mi historia con el thaûrim se repetía en mi cabeza. Había intentado alejar lo ocurrido, fingir que algunas cosas jamás sucedieron y quedarme solo con los buenos momentos. Sin embargo, los malos recuerdos se habían filtrado con los años, como una enfermedad.
—Una parte de mí sabía que algo no iba bien —confesé al cabo de un rato con la voz tomada—, pero me negaba a ver las señales que dejaba el humo.
—No hubiera cambiado nada de lo ocurrido.
—No pude hacer nada por él —farfullé—, solo le vi transformarse, romperse, desvanecerse poco a poco.
—Estuviste con él hasta el final. A veces una mano en la oscuridad es todo lo que una persona necesita. —Las lágrimas, de las que había logrado desprenderme acudieron de nuevo a mis ojos y emborronaron mi vista.
Durante años conviví con el dolor de haber sido testigo de cómo su luz se apagaba día tras día y el arrepentimiento de no haber hecho más, de haber sido yo la que saliera con vida en lugar de él. Luego llegó el miedo. Miedo a olvidarlo todo. A olvidarlos a ellos, sus voces, sus rostros… A quedarme solo con los malos momentos que el humo dejó tras de sí.
—Siempre fue un tanto cabezota, era algo de lo que se quejaba Aura, pero le habrías caído bien. —Mis palabras flotaron entre nosotros mientras ambos nos quedamos en silencio imaginando una vida que ya no tenía cabida—. Sé que no os conocisteis en las mejores condiciones. El humo lo volvió desconfiado y agresivo. Recuerdo cómo te miraba en aquel campamento.
—Me acusó de quedarme de brazos cruzados. —Soltó una carcajada—. No le culpo por desconfiar. Yo habría hecho lo mismo. El problema era que no podía contaros quién era, ni qué hacía allí.
Reí por la nariz. Hacerlo me hizo sentir bien, alivió parte del dolor que me aplastaba el pecho.
—Hubo un día en el que me desperté en mitad de la noche fruto de un mal sueño. Abrí los ojos y me lo encontré sentado delante de la hoguera a medio consumir —confesé—. Le observé desde el otro lado de las llamas sin tener muy claro qué era lo que contemplaba. Parecía perdido.
A medida que las palabras salían de mi boca, el recuerdo de Vaalir se formaba ante mí, pedacito a pedacito, hasta que su imagen quedó completa. Había algo extraño en su mirada. Era como si buceara entre sus recuerdos en busca de alguno que le diera sentido a su existencia.
—Se ha ido —masculló—. Siento que se ha ido para siempre.
Mi yo del pasado apartó la manta que la cubría y se incorporó con gesto preocupado. El movimiento atrajo su atención. Pese a que no había dicho su nombre, sabía a quién se refería. Ya había preguntado por ella en alguna ocasión.
—Así es —murmuramos ambas con voz queda.
—Solo quedamos tú y yo, ¿verdad? —Asentí despacio. Algo cruzó sus iris, una especie de sombra, y su semblante cambió. De repente parecía diez años más viejo—. He soñado con ella —se apresuró a decir—. Ha sido tan real que por un instante he creído que volvía a estar con nosotros.
La Magog del pasado se tragó aquella mentira tejida con manos rápidas como un mecanismo de defensa. El alto lord buscaba escapar del olvido, pero el humo era más veloz que él y pronto le atraparía.
—Podría habérmelo dicho —dije, no a Vaalir, que miraba a mi otro yo, sino a Baruj.
—Podría. Supongo que no quería cargarte con nada más —respondió el arquero.
De repente, una escena cruzó ante mis ojos, una que había permanecido en un segundo plano. El fuego ardía con fuerza y sobre él descansaba una cazuela con comida que yo acababa de colocar. Empezó entonces un baile en el que mi señor la retiraba, convencido de que la carne iba a quemarse y yo volvía a colocarla donde estaba con tono de protesta. Cuando ya habíamos repetido aquellos pasos una decena de veces, señalé con la mano un punto entre los árboles.
—Tuve que decirle que había carroñeros cerca —expliqué entre carcajadas pese a que solo yo veía aquellos retazos del pasado que desfilaban delante de mí—. Estaba al borde de un ataque de nervios y fue lo único que se me ocurrió para que dejara las cosas en paz. Fue todo un alivio verle lejos, ocupado con otro asunto.
Noté cómo el cuerpo del arquero se agitaba en una carcajada silenciosa ante aquella anécdota que en ese momento nos parecía graciosa y, sin embargo, cuando sucedió no tenía nada de eso. No obstante, en esos últimos diez años había aprendido que, si algo tenía el paso del tiempo, era su capacidad de cambiar cosas tan nimias como un recuerdo. Y lo que una vez fue aterrador, se convierte en una anécdota capaz de devolverte un pedacito de ti. El sufrimiento sigue ahí, debajo, latente, pero la risa impera.
—Ojalá le hubiera dicho lo que significó para mí. Lo mucho que me cambió la vida.
—No hizo falta que lo hicieras. Él ya lo sabía. Incluso cuando el humo lo borraba todo, lo sabía.
Elevé las comisuras de los labios e inspiré con fuerza para contener el sollozo que amenazaba con tomar el control. Me sentí muy agradecida por tenerle ahí, conmigo, por saber reconfortarme y hacerlo con una sencillez única.
—¿Crees que yo también olvidaré y que me volveré violenta con todos los que me rodeen?
Me separé de Baruj y giré la cabeza para mirarle a través de las lágrimas que cubrían mis ojos. Era un pensamiento recurrente. Me aterraba pasar por lo mismo que había pasado el alto lord de Iampoz. A veces me despertaba y me daba cuenta de que no recordaba el sonido de su voz. Otras tenía la sensación de que los rostros de Vaalir y Aura empezaban a desdibujarse en mi mente. Al final lograba recuperarlos y el miedo se desvanecía, aunque no del todo.
Los ojos azules del dueño me estudiaron con intensidad. Una lágrima resbaló por mi mejilla izquierda. El arquero estiró su brazo derecho y con la yema de sus dedos borró el reguero que dejó en mi rostro.
—Me temo que es algo que no podemos saber —comentó en un susurro—. Sea lo que sea, yo seré tu mano en la oscuridad y tu llama en la noche, para que si alguna vez te pierdes encuentres la manera de regresar. Y si tengo que engañarte para que dejes la cazuela quieta, lo haré sin ningún tipo de remordimiento.

No me canso de leerlo….El mejor libro que he leído de aventura épica hablando de esta enfermedad que poco a poco va entrando como la niebla descrita….Mi admiración a Cristina
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